John Donne (1572–1631) es considerado el mayor representante de la llamada poesía metafísica. Su obra busca un punto de equilibrio entre la pasión y el intelecto, como si el poeta librara una batalla permanente entre la carne y el pensamiento.
Educado en el catolicismo por su madre, Donne acabaría convirtiéndose al anglicanismo y desarrollando una importante carrera religiosa. Su época estuvo marcada por crisis políticas, tensiones teológicas y el terremoto intelectual que supuso la Revolución Científica. Esa inestabilidad vibra en cada uno de sus versos: argumentos lógicos convertidos en metáforas, imágenes amorosas que se mezclan con geometría, química, astronomía o teología. En Donne, todo puede ser materia poética.
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ToggleNingún hombre es una isla: una meditación sobre la muerte y la comunidad humana
De las Devotions upon Emergent Occasions procede uno de los fragmentos más célebres de Donne, tantas veces citado que muchos ignoran su fuente:
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
(Trad.: W. Shand y A. Girri)
Este pasaje no es solo una meditación sobre la mortalidad: es también un recordatorio de que lo humano es un tejido interdependiente. Nadie vive ni muere del todo solo.
El amor como creación de un mundo entero
Donne llevó su exploración poética mucho más allá de la meditación religiosa. El amor, especialmente en su vertiente erótica y mística, ocupa un lugar central en su obra.
Los buenos días
¿Qué hicimos en verdad tú y yo
Hasta que nos amamos? ¿Recién entonces nos destetaron?
¿Sorbimos como niños en los placeres del campo?
¿O roncamos en la cueva de los siete durmientes?
Así fue; pero estos goces eran fantasías.
Si alguna vez he visto una belleza,
Que he deseado, y obtenido, sólo fue en un sueño de ti.
Y ahora buenos días a nuestras despiertas almas,
Que se vigilan entre sí con miedo;
Porque el amor domina todo amor por otras cosas vistas,
Y hace del pequeño cuarto un todo.
Deja que los descubridores vayan hacia nuevos mundos,
Deja que los mapas muestren a otros, mundos tras mundos,
Deja que poseamos un mundo, cada cual tiene el suyo y es un mundo.
Mi rostro está en tu ojo, y en mi ojo tu rostro,
Y corazones simples y fieles descansan en los rostros,
¿Dónde podríamos encontrar dos hemisferios mejores,
Sin el agudo norte, sin el declinante oeste?
Todo lo que muere no estaba igualmente mezclado;
Si nuestros dos amores son uno solo, o tú y yo nos amamos
De manera tan semejante que no flaqueamos, ninguno puede morir.
(Trad.: W. Shand y A. Girri)
El sueño
Amor, debido a nada excepto tú
habría roto este sueño feliz, una imagen
a la razón destinada, en exceso
potente para ser sólo un fantasma,
es sabio de tu parte despertarme,
por tanto, mas mi sueño no interrumpes
sino que sigues: eres tan verdad
que el pensamiento de ti es suficiente
para volver verdad sueños, ficciones, historias;
entra a estos brazos, ya que decidiste
que no soñara mi sueño completo, actuemos el resto.
Como un relámpago, o luz de una vela
me despertaron tus ojos, no el ruido que hiciste;
al principio creí
(pues amas la verdad), que eras un ángel,
hasta que vi que veías por dentro
mi corazón y mi mente, mejor que los Ángeles pueden hacerlo,
y que sabías qué estaba soñando, y sabías
en qué momento me despertaría el exceso
de gozo, y viniste, confieso que entonces
habría sido herejía creer
que tú fueras otra que tú.
Venir y quedarte conmigo te reveló tú,
mas levantarnos me hace preguntarme
si tú eres aún tú.
Es débil el amor si enfrenta al miedo,
ya no es espíritu puro, valiente,
si en él se mezclan miedo, vergüenza y honor.
Tal vez como antorcha que debe estar lista
para apagar y encender si hace falta,
así me tratas tú, pues viniste a encenderme,
te vas para venir.
Entonces yo soñaré esa esperanza
Una vez más, o si no moriré.
Tres veces tonto
Sé que soy dos veces tonto,
por amar, y por decirlo
en poesía quejumbrosa.
Pero ¿dónde está ese sabio, que no podría ser yo,
si ella no me rehusara?
Así, como las vías interiores, tortuosas,
purgan el agua del mar de la corrosiva sal,
pensé que si alejar conseguía mis pesares
por la inoportuna rima, los aliviaría.
El pesar, cuando al metro se reduce, no puede ser tan agudo
pues, si verso se encadena, se somete.
Mas, cuando eso está hecho, alguien,
por mostrar su arte y su voz,
mi dolor compone y canta,
y, mientras a otros deleita, de nuevo
el dolor libera, que los versos contenían.
Al amor corresponde el tributo del verso, y al dolor,
pero no el de aquel que cuando es leído agrada.
Ambos por estas canciones se incrementan:
pues así son los triunfos de ambos difundidos.
Y yo, que dos veces tonto era, paso así a serlo tres,
pues son los mejores tontos los que un poco sabios son.
La poesía de Donne no ofrece descanso: su ingenio verbal exige al lector una atención alerta y una sensibilidad dispuesta a atravesar paradojas. Pero justamente por eso sigue viva. En sus versos, el amor es laboratorio, la religión es geometría, la muerte es una pregunta incómoda y la vida entera se convierte en una ecuación imposible. Es un poeta para quienes buscan que la poesía no solo emocione, sino que también haga pensar.